Seleccionar página

No todas las ventas son buenas

En muchas organizaciones, la firma de un pedido sigue celebrándose como una victoria indiscutible. Se anuncia, se felicita al equipo y la cifra se incorpora al informe mensual. Rara vez se formula en ese momento la pregunta decisiva: qué exigirá ese pedido a quienes deben cumplirlo y cuánto valor dejará realmente cuando esté entregado.

Una operación puede engrosar la facturación y, al mismo tiempo, debilitar a la empresa. Sucede cuando incorpora adaptaciones que no pueden estandarizarse, compromete plazos que la planta no está en condiciones de garantizar, acepta condiciones de pago que tensan la tesorería o deja un margen que se desvanece en cuanto se computa el esfuerzo real de ejecución. Ese coste no aparece en la celebración; aparece semanas después, repartido entre producción, compras, ingeniería y finanzas.

Sería injusto atribuir el problema a la ambición de los equipos comerciales. Las personas responden con notable fidelidad a aquello por lo que se las evalúa. La antropóloga Marilyn Strathern resumió en 1997 la conocida ley de Goodhart en una fórmula que conviene recordar: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Si el único indicador es el volumen vendido, la organización obtiene exactamente eso, volumen, aunque no siempre valor.

La raíz del problema es sistémica. Cada departamento puede decidir con acierto desde su propia perspectiva y, sin embargo, el conjunto puede equivocarse. Ninguna área dispone por sí sola de toda la información necesaria para juzgar una venta: el equipo comercial conoce al cliente y sus urgencias; operaciones, la capacidad disponible; finanzas, el coste del riesgo. Cuando ese conocimiento permanece fragmentado, cada decisión parece razonable y el resultado agregado deja de serlo.

Vender mejor exige, por tanto, algo más que técnica comercial. Exige tratar la información de la empresa como un bien compartido, accesible para quienes deben decidir, y cultivar espacios donde las distintas áreas contrasten sus criterios antes de comprometerse ante el cliente. Quien vende necesita comprender lo que ocurre después de la firma, y quien produce o administra necesita acercarse al mercado para entender qué valora el cliente y qué concesiones son razonables para competir. Esa comprensión recíproca no surge por decreto: se aprende, y requiere una formación que estimule el pensamiento crítico sobre los propios indicadores en lugar de la obediencia mecánica a ellos.

También implica aceptar que renegociar o rechazar un pedido puede ser una excelente decisión comercial. Elegir clientes, proyectos y condiciones compatibles con la estrategia y con la capacidad real de ejecución protege a las personas que sostienen la operación diaria, y protege también la relación con el cliente, que difícilmente sobrevive a promesas incumplidas.

La medida de una venta no está en el día de la firma, sino en lo que queda cuando el pedido se ha entregado: un margen sano, un cliente que vuelve y un equipo que no ha tenido que improvisar. Una organización que coopera antes de comprometerse construye algo más duradero que una cifra de facturación; construye confianza.