La utilidad del trabajo
Alguna encuesta sostiene que el 40 % de los empleos no debería existir. La cifra circula con soltura, pero conviene examinarla. Procede de encuestas en las que se preguntaba a los trabajadores si su empleo aportaba algo al mundo, y lo que mide es una percepción, no la utilidad real de un puesto. Cuando Robert Dur y Max van Lent analizaron en 2019, en la revista Industrial Relations, datos de decenas de países, comprobaron que la proporción de trabajadores que consideran socialmente inútil su ocupación era mucho menor que la sugerida por aquellos sondeos de partida. La sospecha de que hay trabajo vacío es razonable; convertirla en una estadística rotunda, no.
Sin embargo, descartar el número no obliga a descartar la intuición. David Graeber formuló en 2013, en un ensayo para la revista Strike!, una observación más difícil de refutar: cuanto más evidente es el beneficio que un trabajo reporta a los demás, menos suele pagarse. No se trata de afirmar que la utilidad se mida con exactitud, sino de reconocer que el reconocimiento social y la retribución siguen criterios que poco tienen que ver con ella. El cuidado, la reparación o la enseñanza sostienen la vida común y, aun así, rara vez ocupan el centro de la conversación económica.
De ahí se deduce que el problema no es solo de las empresas que acumulan funciones superfluas, sino de cómo una sociedad decide qué hace visible. Una organización donde la coordinación consume más esfuerzo que la tarea coordinada suele ser una organización en la que nadie puede ver el resultado de su trabajo. Cuando el conocimiento se guarda como patrimonio de un departamento, cada decisión exige una nueva consulta; cuando se documenta y se comparte con criterio abierto, buena parte de esas consultas desaparece. Los proyectos colaborativos de software o de enciclopedias libres muestran que miles de personas pueden cooperar sin una cadena interminable de intermediarios, siempre que el trabajo común sea legible para todos.
Interviene aquí también la educación. Distinguir una ocupación necesaria de otra meramente decorativa requiere criterio, y el criterio se forma con una formación que enseñe a preguntar para qué sirve lo que se hace, no solo a ejecutarlo con eficacia. Internet puede ayudar a que esa pregunta llegue a más gente, porque permite contrastar datos y comparar experiencias que antes quedaban dentro de cada empresa o de cada país, aunque ese beneficio no es automático: depende de que la información esté accesible y de que alguien enseñe a leerla.
Queda, por último, una cuestión de oportunidades. Si los empleos más claramente valiosos son también los peor remunerados y los menos considerados, la elección de una vocación útil deja de ser libre para quien carece de recursos. Reconocer el valor de lo que sostiene la vida compartida, y reflejarlo en el salario y en el prestigio, es una condición para que la utilidad deje de ser un lujo y se convierta en una opción real para cualquiera.