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No te faltan horas

Hay una vieja historia que circula en muchas versiones. Un leñador empieza la semana derribando árboles con soltura y, día tras día, rinde menos aunque trabaja más. Cuando alguien le pregunta cuándo afiló el hacha por última vez, responde que no tiene tiempo para eso: está demasiado ocupado talando. La fábula perdura porque casi cualquiera que haya emprendido se reconoce en ella.

Lo interesante es que la intuición tiene respaldo empírico. El economista John Pencavel, de la Universidad de Stanford, estudió los registros de las fábricas británicas de munición durante la Primera Guerra Mundial, cuando se exigían jornadas extenuantes para sostener el esfuerzo bélico. Sus datos muestran que la producción crecía al ritmo de las horas hasta rondar las cincuenta semanales; a partir de ahí, cada hora adicional aportaba cada vez menos. Quien trabajaba setenta horas apenas producía más que quien trabajaba cincuenta y seis. Catorce horas a la semana se diluían sin dejar rastro en el resultado.

La cultura emprendedora, sin embargo, sigue celebrando la jornada interminable como prueba de compromiso. Se confunde la presencia con la producción y el cansancio con el mérito. En un negocio pequeño el problema se agrava, porque quien lo dirige suele ser también su cuello de botella: las decisiones sobre precios, clientes o contrataciones pasan por una sola cabeza, y una cabeza agotada decide peor. Un error de criterio cuesta mucho más que una hora no trabajada.

Afilar el hacha, trasladado a la empresa, significa tres cosas que rara vez figuran en la lista de tareas. Aprender: formarse, leer, revisar por qué algo dejó de funcionar. Ordenar: documentar procesos, simplificar lo que se ha vuelto enrevesado, eliminar tareas que ya nadie necesita. Y descansar, que no es un premio al final del esfuerzo sino una condición para que el esfuerzo rinda. Ninguna de las tres produce un resultado visible inmediato, y por eso se aplazan; pero son las que determinan cuánto valen todas las demás horas.

Afilar, además, no tiene por qué ser una tarea solitaria ni costosa. Nunca había sido tan fácil acceder a conocimiento abierto, a comunidades de emprendedores que comparten lo que les funcionó y lo que no, o a otros negocios con los que cooperar en lugar de competir en todo. Una conversación con alguien que ya resolvió el problema que nos atasca puede ahorrar semanas de golpes a ciegas.

La pregunta útil, por tanto, no es cuántas horas más caben en la semana, sino cuánto filo nos queda. Quizá no te falten horas. Quizá lo que falta es el hábito de detenerse antes de que el hacha deje de cortar.