Lo que todavía no sirve para nada
Cada vez que alguien presenta algo que se sale de lo habitual, aparece la misma pregunta: ¿y eso para qué sirve? Un coche que despega del suelo, un cohete que aterriza solo, una máquina que conversa. La respuesta escéptica suele llegar antes que la curiosidad: eso ya existía, eso no tiene utilidad, eso es un capricho caro. A veces el escepticismo acierta. Pero conviene recordar cuántas veces se ha equivocado.
Cuando se construyó el primer láser, en 1960, se hizo popular describirlo como una solución en busca de un problema. Nadie sabía muy bien qué hacer con él. Hoy lee los códigos de barras del supermercado, opera ojos, corta acero y transporta casi toda la información que circula por internet a través de la fibra óptica. Ninguna de esas aplicaciones figuraba en los planes de quienes lo inventaron.
La historia de la innovación está llena de casos parecidos. Muchos avances no nacieron para resolver una necesidad concreta, sino de la voluntad de comprobar si algo era posible. La utilidad vino después, a menudo de manos de personas distintas y en sectores que nadie había previsto. Exigir a cada idea una aplicación práctica inmediata equivale a cerrar la puerta a buena parte de lo que acabará siendo útil.
Esto no significa que todo lo vistoso sea innovador. Hay presentaciones que son más espectáculo que tecnología, y el sentido crítico es imprescindible para distinguir una cosa de la otra. Preguntarse cuánto cuesta, qué problemas plantea o si aporta algo realmente nuevo es sano. Lo que no ayuda es descartar de entrada cualquier intento por el simple hecho de que todavía no encaja en lo conocido.
Para quien emprende, la lección es doble. Por un lado, no todo proyecto tiene que justificarse desde el primer día con una cuenta de resultados; explorar también es una forma de invertir, siempre que se haga con medios proporcionados y asumiendo el riesgo. Por otro, conviene acostumbrarse a la incomprensión. Las ideas que rompen con lo establecido casi nunca se reciben con aplausos. Se reciben con dudas, con burlas y con la frase de siempre: eso no sirve para nada.
El verdadero riesgo no está en equivocarse probando algo nuevo, sino en una cultura que penaliza el intento. Una sociedad que solo valora lo que ya ha demostrado su utilidad se condena a mejorar lo que tiene, pero rara vez a descubrir lo que todavía no imagina.