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Cuando el networking huele a oportunismo

No hace falta haber ido a muchos eventos para reconocer la escena: alguien se acerca, sonríe, pregunta con aparente interés a qué te dedicas, y mientras tú explicas con pasión tu proyecto, la otra persona parece estar calculando silenciosamente si le sirves como peldaño hacia su siguiente objetivo. Esa sensación de ser evaluado como recurso, más que escuchado como persona, está detrás del rechazo que muchos expresan hacia el networking tradicional, percibido como “oportunismo disfrazado de cordialidad”.

La psicología organizacional lleva años poniendo palabras a ese malestar. Varios estudios han mostrado que el llamado “networking instrumental” —relacionarse principalmente para obtener ventajas profesionales concretas— puede hacer que quienes lo practican se sientan “moralmente sucios”, como si estuvieran traicionando un estándar ético interno al tratar a otros como medios y no como fines. Esa incomodidad subjetiva encaja con la descripción de la sonrisa “asquerosamente falsa” y la “mirada muerta” del oportunista: un cuerpo que ejecuta un guion socialmente aceptable mientras la intención real está en otra parte.

Paradójicamente, esta forma de entender las redes no solo daña a quien se siente utilizado, sino también a quien intenta utilizar. La investigación sugiere que cuando las relaciones se abordan desde la lógica puramente instrumental, muchas personas tienden a evitar activamente estos contextos, aun sabiendo que podrían serles útiles, porque chocan con su sentido de integridad. En otras palabras, hay profesionales que renuncian a oportunidades reales porque no quieren convertirse en lo que perciben como un vendedor ambulante de sí mismo.

Frente a esa caricatura del “cazador de contactos”, emerge otra forma de tejer redes: más cercana a una comunidad de aprendizaje que a un mercado de favores. No se trata de negar que existan intereses —los hay y son legítimos—, sino de ordenarlos de forma distinta: primero la curiosidad genuina, luego la posibilidad de cooperación, y solo entonces el intercambio de oportunidades. Varios artículos divulgativos insisten en que el networking deja de ser tóxico cuando el foco se desplaza de “qué puedo sacar de ti” hacia “qué podemos construir juntos que no podríamos lograr por separado”.

Tal vez por eso el rechazo visceral al networking oportunista no sea un defecto, sino una brújula ética. Señala que hay algo profundo que se corrompe cuando convertimos cada conversación en una evaluación de utilidad. En un contexto donde se habla cada vez más de colaboración, innovación abierta y procomún, la verdadera ruptura no está en dejar de hacer networking, sino en redefinirlo: menos escalones, más puentes; menos sonrisas vacías, más vínculos honestos, aunque sean menos y se construyan más despacio.