El derecho a la plaza
Hay una prueba sencilla para medir la salud cívica de una ciudad: comprobar dónde puede permanecer una persona durante una tarde entera sin que nadie le exija nada a cambio. En buena parte del mundo hispano la respuesta es inmediata, la plaza, y esa evidencia cotidiana encierra una idea de enorme alcance: existe un espacio que pertenece a todos y que no pide otra credencial que la condición de vecino.
Las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación que Felipe II firmó en el Bosque de Segovia en 1573 codificaron una práctica ya extendida en la América hispana: trazar la ciudad a partir de una plaza mayor. Conviene no idealizar aquel origen. La plaza nació como instrumento de gobierno en un contexto de conquista; allí se pregonaban las órdenes reales y se impartía justicia. Pero el sentido de un espacio público lo terminan definiendo quienes lo habitan, y siglos de mercados, fiestas, protestas y conversaciones convirtieron un dispositivo de control en un bien común.
El contraste con otros modelos urbanos resulta instructivo. En los suburbios estadounidenses de posguerra, la zonificación separó vivienda, trabajo y comercio, y el sociólogo Ray Oldenburg advirtió en 1989 del declive de los «terceros lugares», los espacios informales de encuentro que sostienen la vida democrática. El arquitecto Victor Gruen, exiliado de la Viena anexionada por el nazismo, quiso suplir esa carencia con el centro comercial cubierto, concebido como una plaza bajo techo. Años después renegó públicamente de lo que los promotores habían hecho con su idea (The Guardian).
La diferencia no es arquitectónica, sino jurídica y moral: en la plaza se es ciudadano; en el centro comercial, cliente. El Tribunal Supremo de Estados Unidos lo dejó claro en 1976, en el caso Hudgens contra la NLRB, al negar que la libertad de expresión amparase a unos piquetes en un centro comercial privado. Cuando el lugar de encuentro depende de la rentabilidad, también la reunión y la palabra quedan condicionadas. Los derechos necesitan suelo sobre el que ejercerse.
La plaza es, además, una escuela sin muros. En ella se aprende a convivir con quien piensa distinto, a deliberar y a contrastar opiniones, del mismo modo que una biblioteca pública o un repositorio abierto permiten que el conocimiento circule sin peaje. Espacio y saber compartidos obedecen a la misma lógica: lo que es de todos se enriquece con el uso.
Por eso inquieta que tantas ciudades multipliquen, en nombre del progreso, urbanizaciones cerradas y grandes superficies accesibles solo en coche, mientras propuestas como la «ciudad de los quince minutos», formulada por el urbanista Carlos Moreno, intentan recuperar la proximidad. Defender la plaza no es un gesto nostálgico: es reivindicar el derecho a estar juntos sin tener que pagar por ello.