El futuro en una curva
Ray Kurzweil ha dedicado su carrera a defender que el futuro puede leerse en una curva. En «The Age of Spiritual Machines» (1999) formuló la ley de rendimientos acelerados, que desarrolló en un ensayo de 2001: el progreso de las tecnologías de la información crece de forma exponencial, y el propio ritmo de crecimiento se acelera. De ahí salen las fechas que repite en «The Singularity Is Near» (2005) y en «The Singularity Is Nearer» (2024): una inteligencia artificial de nivel humano hacia 2029 y la singularidad hacia 2045.
Su balance es desigual. En «The Age of Intelligent Machines» (1990) anticipó que un ordenador sería campeón mundial de ajedrez antes de 2000; Deep Blue venció a Kasparov en 1997. Sin embargo, su recuento de aciertos, un 86 % de las 147 predicciones que hizo para 2009, es una autoevaluación y ha sido muy discutido. Alex Knapp, en Forbes, revisó las doce predicciones centrales del libro para ese año y las juzgó en su mayoría inexactas. Daniel Lyons, en Newsweek, señaló que tampoco se cumplieron ni el uso generalizado del reconocimiento del habla ni los coches guiados por sensores en las autopistas. Y las revisiones de sus previsiones para 2019 señalan fallos notables en realidad virtual.
Una lectura razonable es que la extrapolación funciona mejor con magnitudes medibles, como la capacidad de cálculo, que con sus consecuencias sociales. Stuart Armstrong y sus colegas, que encargaron a voluntarios evaluar aquellas predicciones, concluyeron que convenía prestar más atención a su modelo de tendencias exponenciales en computación que a su juicio subjetivo. Paul Allen y Mark Greaves añadieron en 2011 una objeción de fondo: la ley de rendimientos acelerados no es una ley física, sino una afirmación sobre cómo el ritmo pasado predice el futuro, y esas extrapolaciones valen hasta que dejan de valer. El avance científico, recordaban, depende también de cómo organizamos socialmente la investigación y de cómo difundimos sus resultados.
Ahí está, quizá, la enseñanza principal. Una curva describe cuánta capacidad existe, pero no dice quién accede a ella. Preguntado en 2024 por la desigualdad tecnológica, Kurzweil respondió que el problema se disipa con el tiempo, como ocurrió con el teléfono móvil, que según él tienen hoy unas tres cuartas partes de la población mundial. La analogía es sugerente, pero la difusión no es automática: depende de decisiones sobre precios, infraestructuras, licencias y educación.
Un conocimiento que circula en abierto, que se corrige y se enriquece entre muchos, convierte una capacidad técnica en oportunidad real. Internet ha mostrado que puede ser un instrumento democratizador cuando el saber se comparte en lugar de acumularse. Pero exige también una educación crítica que enseñe a preguntar por los plazos, las fuentes y los intereses de quien pronostica. Las máquinas llegarán antes o después de lo previsto; que sus frutos pertenezcan a unos pocos o a muchos se decide con cooperación, no con extrapolaciones.