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El privilegio de la lentitud

Una enseñanza llega a su destino cuando quien enseña dispone de un tiempo sin prisa y quien aprende puede, por fin, escuchar. A veces el cuidado adopta la forma de un pretexto: una tarea compartida, una práctica repetida, una excusa discreta para estar juntos el tiempo que hace falta. Conviene preguntarse por qué esa lentitud resulta tan decisiva y tan difícil de conseguir. La primera condición es la convivencia. Aristóteles sostiene en la Ética a Nicómaco que convivir es lo más propio de los amigos, y que quienes se desean el bien pero no conviven se parecen más a los benévolos que a los amigos (VIII, 5, 1157b). Un saber se transmite bajo la misma exigencia: no basta con enviar contenidos, hace falta una compañía prolongada en la que quien enseña corrige, espera y, a veces, calla. Esa espera reclama atención. En una carta a Joë Bousquet, fechada el 13 de abril de 1942, Simone Weil escribió: «La atención es la forma más rara y más pura de generosidad». Se refería al hecho de que alguien hubiera leído de verdad unas páginas suyas, gesto que consideraba un don gratuito. Atender no es un trámite previo a enseñar: es ya una manera de dar, porque reconoce al otro como alguien digno de ser escuchado. Hoy esas condiciones escasean. Hartmut Rosa sostiene que la aceleración de la vida moderna no nos ha vuelto más felices y propone medir la calidad de una vida por su resonancia, es decir, por el tipo de relación que mantenemos con el mundo y con los demás. Byung-Chul Han, por su parte, afirma que los rituales «hacen habitable el tiempo» y describe un presente que, sin ellos, se deshace en una mera sucesión de instantes. Quien vive así difícilmente dispone de la lentitud que el aprendizaje reclama. Cabría pensar que la lentitud es un privilegio. Aquí importa lo común. Un conocimiento compartido en abierto, que nadie retiene como propiedad exclusiva, permite que cada cual aprenda a su ritmo, vuelva sobre un texto y contraste una fuente sin depender del lugar donde nació ni de las personas que conoce. Internet puede ser una herramienta democratizadora precisamente porque separa el acceso al saber de la cercanía física, pero solo cumple esa promesa si no lo gobiernan la prisa y el flujo incesante. Una educación crítica y humana necesita ambas cosas: acceso amplio y tiempo para pensar. La cooperación completa el cuadro, porque se aprende mejor con otros, y quien comparte lo que sabe multiplica las oportunidades de quienes no tienen un maestro cerca. Quizá el pretexto consista precisamente en eso: fabricar tiempo cuando el mundo no lo concede. Lo importante se transmite cuando alguien dispone de un tiempo sin prisa y otro lo aprovecha para escuchar, y las sociedades y las tecnologías deberían facilitar ese encuentro, no impedirlo.   Referencias Aristóteles. Ética nicomáquea. Ética eudemia. Introducción de E. Lledó Íñigo; traducción y notas de J. Pallí Bonet. Madrid: Gredos, 1985 (Biblioteca Clásica Gredos, 89). ISBN 84-249-1007-9. Libro VIII, 5 (1157b). Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Barcelona: Herder. ISBN 978-84-254-4400-5. Rosa, H. (2019). Resonance: A Sociology of Our Relationship to the World. Cambridge: Polity Press. ISBN 978-1-5095-1989-7. Weil, S., y Bousquet, J. (1982). Correspondance. Lausana: L’Âge d’Homme. Carta de Simone Weil a Joë Bousquet, 13 de abril de 1942.