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El tiburón que nunca estuvo en el tanque

Circula de nuevo por las redes una fábula muy apreciada en la literatura motivacional. Según se cuenta, los pescadores japoneses, incapaces de conservar fresco el pescado durante las largas travesías, habrían introducido un pequeño tiburón en los tanques del barco: el depredador devoraba algunos ejemplares, pero obligaba al resto a nadar sin descanso, y la captura llegaba a puerto en perfecto estado. La moraleja es inmediata: la incomodidad no es un obstáculo, sino el motor del progreso, y cada persona debería buscar su propio tiburón.

La historia tiene la eficacia de las buenas parábolas, pero carece de respaldo. No consta que la industria pesquera japonesa haya recurrido jamás a ese método. La técnica tradicional que sí existe, el ikejime, persigue justamente lo contrario: sacrificar al pez con rapidez para ahorrarle la agonía y el estrés. La investigación sobre calidad del pescado es coherente en este punto: el estrés previo al sacrificio agota las reservas energéticas del músculo, adelanta el rigor mortis y deteriora la textura y la conservación. El pez perseguido no llega más fresco; llega peor.

El desmentido no es una curiosidad erudita. Revela con qué facilidad aceptamos un relato cuando confirma lo que ya creemos. Una anécdota atractiva, repetida miles de veces, adquiere apariencia de verdad, y de ella se derivan consejos sobre cómo dirigir equipos o cómo vivir. Contrastar las fuentes antes de compartir es una forma elemental de pensamiento crítico y una responsabilidad de quienes participamos en la conversación pública que Internet ha abierto a todos.

Lo que la fábula sí acierta a señalar es que la comodidad prolongada puede adormecer. Nadie aprende sin retos. Pero el reto que hace crecer no se parece a un depredador, sino a un problema que merece ser resuelto, a un colega que discrepa con argumentos, a un objetivo exigente que se comprende y se comparte. La diferencia es decisiva: el desafío invita a explorar; la amenaza obliga a huir. Y quien huye rara vez innova.

En las organizaciones, la metáfora del tiburón ha servido para justificar la competencia interna sin límites y el miedo como método de gestión. La Organización Mundial de la Salud describe desde 2019, en su clasificación CIE-11, el desgaste profesional como un síndrome derivado del estrés laboral crónico que no se ha gestionado con éxito. La tensión permanente no mantiene despiertas a las personas; las agota.

Quizá la pregunta pertinente no seasi ya tenemos un tiburón en la piscina, sino qué agua compartimos. Los equipos que prosperan suelen ser aquellos donde el conocimiento circula con libertad, el error se examina sin castigo y la exigencia nace de un propósito común, no del temor a ser devorado. Lo que mantiene vivo a un grupo humano no es el depredador, sino la cooperación.