El tiempo del camino
Un camino de ida y vuelta al colegio suele describirse como un trámite: un tiempo que separa dos lugares y que conviene acortar. Sin embargo, la investigación sobre la infancia sugiere que ese trayecto es también una forma de conocimiento, y que lo que un niño aprende de su entorno depende de cómo lo recorre.
Marco Hüttenmoser y Dorothee Degen-Zimmermann analizaron en «Lebensräume für Kinder» (1995), informe del Programa Nacional de Investigación «Ciudad y transporte» de Suiza, cómo el entorno residencial influye en la vida cotidiana y el desarrollo de los niños. Hüttenmoser recurrió después a menudo a los dibujos infantiles, y en un trabajo posterior con Daniel Sauter, de 2006, con 173 escolares, observó que quienes podían jugar en la calle sin supervisión dibujaban muchos más elementos de su barrio (otros niños, plantas, animales) que quienes no podían salir solos. Su lectura es sencilla: los niños fijan aquello ante lo que pueden detenerse, y lo que pasa a toda velocidad no queda.
Conviene recibir estos resultados con prudencia. Son correlaciones, no pruebas de causalidad, y el contexto familiar influye en lo que un niño dibuja y en lo que se le permite hacer. Aun así, la idea de fondo resulta plausible y merece atención: conocer un lugar exige tiempo, atención y contacto con otras personas. En el trayecto a pie aparecen el comercio, el vecino, el árbol que cambia con las estaciones. Ahí se aprende, sin lección alguna, qué es una comunidad.
De aquí no se sigue un reproche a las familias que van en coche, que en muchos casos no tienen alternativa. La cuestión es estructural. Caminar despacio con un hijo es un lujo cuando los horarios laborales son rígidos y las jornadas se prolongan. La conciliación es, por tanto, una condición del aprendizaje: sin tiempo, el camino se reduce a un traslado.
Esta observación enlaza con una intuición clásica del pensamiento urbano. Jane Jacobs, en «Muerte y vida de las grandes ciudades», defendió que la acera y la vida que la ocupa, con sus tiendas, sus vecinos y sus «ojos en la calle», forman un tejido de confianza que sostiene la seguridad y la vida pública. La calle, entendida así, es un bien común: un espacio que pertenece a todos y que se aprende a habitar habitándolo.
Una educación crítica y humana no ocurre solo en el aula. Requiere barrios transitables, aceras con vida y ciudades que no expulsen a los niños de la calle. Y exige, sobre todo, un Estado y una organización del trabajo que devuelvan a las familias el tiempo necesario para recorrer el mundo con sus hijos. Las oportunidades de un niño se forjan también en esos minutos que no se ven.