Hacer bien las cuentas
Si volviéramos a tener veinte años, ¿haríamos lo mismo? Pocas preguntas obligan a hacer un balance tan honesto. Quien puede responder que sí, que repetiría casi todo, no es alguien a quien todo le haya salido bien, sino alguien que no dejó demasiadas cosas pendientes. Hay una idea que circula desde hace tiempo con distintos autores y que lo resume con cierta crudeza: si el día que te mueres te sobra dinero, es que has hecho mal las cuentas.
La frase tiene algo de provocación, pero señala un error frecuente. Muchas personas viven en un aplazamiento permanente. Seré feliz cuando tenga esto, cuando llegue aquello, cuando por fin pueda permitírmelo. Séneca ya lo advertía hace dos mil años en De la brevedad de la vida: no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Tratamos la vida como si fuera inagotable y la gastamos en esperar el momento adecuado para empezar a vivirla.
La enfermera australiana Bronnie Ware, que acompañó durante años a pacientes en sus últimas semanas, recogió lo que estos lamentaban al final. Casi nadie hablaba de lo que había hecho; hablaban de lo que no se atrevieron a hacer. Haber vivido según lo que otros esperaban, haber trabajado demasiado, no haber expresado lo que sentían, haberse alejado de los amigos. El arrepentimiento parece alimentarse más de las omisiones que de los errores.
Y los errores merecen otra mirada. Los aciertos rara vez enseñan algo: cuando las cosas salen bien, se disfrutan y se sigue adelante. Es cuando salen mal cuando uno se detiene a revisar lo que daba por sabido. No siempre se aprende, y a veces se tropieza dos veces con la misma piedra, pero el tropiezo es la única ocasión que tenemos de corregir el rumbo. Una vida sin errores sería, probablemente, una vida en la que no se intentó casi nada.
Esto no es un elogio de la imprudencia ni una invitación a gastarlo todo sin pensar. Hacer bien las cuentas también significa no dejar a otros cargas que no les corresponden. Pero sí obliga a preguntarse para qué se acumula: si el ahorro es un medio para vivir con tranquilidad o se ha convertido en una forma de no vivir nunca.
Epicuro sostenía que la muerte no es nada para nosotros, porque mientras somos ella no está, y cuando llega ya no somos. Lo que sí está a nuestro alcance es lo de antes. Disfrutar de las pequeñas cosas y del momento puede sonar ingenuo, pero quizá no lo sea. Lo único que de verdad nos llevamos son los recuerdos de lo vivido, y esos no se pueden posponer.