La crisis que nos espera
O la estupidez del imperio en Ormuz
A nadie escapa, y a los partidos políticos que nos gobiernan tampoco, que la situación mundial, principalmente la que se ha originado en el estrecho de Ormuz, en el menor de los casos podría desencadenar un estallido de inflación a nivel mundial, por el aumento del precio de los productos petrolíferos y del gas, y no solo de ellos sino también de sus derivados y de los fertilizantes. Eso es lo que algunos economistas y políticos prevén, no sin razón, que sucederá de manera más o menos inmediata, según la zona y la capacidad de almacenamiento de cada país. Y es que esos economistas y políticos, en su mayoría siguen creyendo que las leyes generales del mercado sirven para todo sin limitaciones, y, obviamente, eso no es enteramente así. No es lo mismo que los precios suban por un exceso de liquidez, tal como sucedió durante la crisis de la Covid, es decir, más cantidad de dinero en circulación para adquirir la misma cantidad de productos, que por la escasez de unos productos, básicos en este caso.
Una escasez generalizada de suministros de primera necesidad, principalmente energéticos y de componentes básicos, tratada como un simple problema de precios y, por tanto, inflacionario, nos puede llevar a un descalabro social de difícil solución, al menos controlada. Y si lo trasladamos a nivel global, con significativas variaciones según la zona geográfica, tenemos todos los ingredientes para que ese descalabro termine en una conflagración mundial. Y eso, por supuesto, solo se puede evitar con un reparto lo más equitativo posible de las materias primas disponibles.
Hasta hace poco, por el estrecho de Ormuz pasaban alrededor de 20 millones de barriles diarios de crudo y condensados. A eso se le debe sumar entre 5 y 8 millones de refinados, como gasolina, diésel, fuel, nafta, metanol, PET, etileno y propileno; y entre el 20% y el 25% de todo el Gas natural licuado, el 30% de la urea y el 21% del amoníaco mundiales. Su cierre, como puede verse, no es trivial, pero aún menos la destrucción de centros de procesamiento, distribución, refinerías y puertos, por los bombardeos iranís de represalia. A todo esto, según la Agencia Internacional de la Energía, los países del golfo han dejado de extraer 13 millones de barriles diarios, de los que entre 1 y 2 millones desaparecerán para siempre. Es decir, en el mejor de los casos y si la paz llegara mañana mismo, según Antonio Turiel el mundo perdería entre el 4 y el 8% de lo que consumimos; y en el peor, si la guerra continua, hasta el 40% durante una significativa cantidad de años.
Podemos decir, sin un atisbo de duda, que los ecologistas deberíamos estar de fiesta.
Dicho esto, es obvio que por mucho que el planeta necesite una disminución de consumo energético fósil, el mundo, es decir sus habitantes, no está preparado para abandonarlo, ni siquiera ese 30% de petróleo y 20% de gas. O quizá sí, si no nos atenemos a los parámetros que nos venden como certezas incuestionables.
Dejando de lado las circunstancias que han provocado el desajuste, solo achacables a la demencia o irresponsabilidad de unos líderes, que, dado que ya no pueden autoproclamarse del “mundo libre”, lo hacen como representantes del “occidente colectivo”, defienden una sociedad, la israelí o el Estado Judío, como ella misma se define, cuya prosperidad se basa en la apropiación de las tierras de sus vecinos y la eliminación física de quienes las habitaban; y de otra sociedad, la anglosajona, asociada en una extraña hermandad con la anterior, cuya supervivencia económica se fundamenta en la depredación de los recursos ajenos. Obviamente, el problema no es tan sencillo como lo pintamos, porque ese “occidente colectivo” ha pasado de ser cómplice de la depredación, a víctima de ella y de su resultado.
Pero vayamos a lo que nos importa: la posible inflación que podría conllevar la inevitable y sustancial disminución del suministro de las materias primas anteriormente mencionadas, afectaría principalmente a las economías más pobres. Si a eso le añadimos la disminución de recursos por la caída de ayudas procedentes de las sociedades más ricas. En Europa el aumento de precios sería sustancial, principalmente en el norte, ya castigado por la guerra de Ucrania y el consiguiente boicot a los productos energéticos rusos. En el sur, España e Italia mantienen unas excelentes relaciones con Argelia, un gran proveedor de gas. Además, al apostar la primera por la energía renovable, su dependencia fósil es algo menor. No somos los únicos, en algunos países no habrá falta de suministro, mientras que en el nuestro quizá llegue al 15%. Eso significa que el déficit general del 25% no es compartido y en algunos sobrepasará el 30%. Sin embargo, el aumento de precios de los alimentos y otros productos derivados, incluso algunos medicamentos, afectará a todos por igual, más pronunciadamente a las clases más humildes, donde España se lleva la palma en Europa. Recordemos que sigue siendo el país con más desempleo, solo superado por Finlandia,