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Que suene bien

No basta con tener ganas de subir al escenario. El arte —también el de emprender o de comunicar una idea— se sostiene sobre un oficio: escribir bien, tocar con criterio, construir algo que resista la escucha atenta. Hay voces que no son «bonitas» y, aun así, hacen canciones que funcionan porque hay escritura, forma y intención. Eso suena a música. Otra cosa es confundir ruido con obra y llamar arte a cualquier cosa que ocupe el mismo espacio mediático.

Tampoco el activismo absuelve de la exigencia. Comprometerse con una causa es legítimo; usarlo como escudo frente a la mediocridad, no. Quien lleva décadas mezclando mensaje y talento se mide, al final, por lo que sabe hacer. Bajar el listón cultural —en la música y en casi todo— hasta que «todo valga» no democratiza: empobrece. Democratizar el acceso al conocimiento y a la creación es ampliar puertas; no es renunciar al criterio.

Exigir oficio no es elitismo. Es cuidar el procomún cultural: lo que compartimos como sociedad merece estándar, aprendizaje y juicio crítico. Si todo se acepta como bueno, dejamos de entrenar la mirada —y sin mirada, tampoco hay innovación que merezca el nombre.