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Recuperando la infancia

Pocas obras de divulgación han tenido en los últimos años un eco comparable al de «La generación ansiosa», del psicólogo social Jonathan Haidt. Su tesis es directa: entre 2010 y 2015 la infancia cambió de escenario. El juego libre, la calle y la convivencia cara a cara cedieron terreno ante una vida organizada alrededor del teléfono inteligente y de unas redes sociales diseñadas para retener la atención. Haidt lo llama un «gran recableado» de la infancia y lo relaciona con el aumento de ansiedad, depresión y autolesiones que muestran las estadísticas de muchos países desarrollados desde comienzos de la década pasada.

El libro identifica cuatro daños principales: la pérdida de relaciones presenciales, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y la dependencia. Añade una paradoja que resulta difícil de discutir: los adultos han sobreprotegido a los niños en el mundo físico, donde apenas pueden ir solos al colegio, y los han dejado casi sin protección en el mundo digital, donde cualquiera puede alcanzarlos a cualquier hora. De ese diagnóstico nacen cuatro propuestas: nada de teléfonos inteligentes antes de los catorce años, nada de redes sociales antes de los dieciséis, centros escolares sin móviles y más autonomía y juego libre fuera de casa.

La tesis no está exenta de controversia. La psicóloga Candice Odgers, en una reseña publicada en Nature, sostuvo que gran parte de la evidencia es correlacional, que los efectos medidos son pequeños y que atribuir la crisis a las pantallas puede desviar la atención de otras causas, como la precariedad económica o la desigualdad. Haidt respondió defendiendo que la convergencia de datos de distintos países y experimentos apunta a una relación causal. El debate sigue abierto, y conviene leerlo como lo que es: una discusión científica legítima, no una batalla entre alarmistas y negacionistas.

Más allá de quién tenga la razón en las cifras, el libro plantea una pregunta que interesa a cualquier sociedad: quién diseña los espacios donde crecen los niños y con qué objetivo. Una plaza, un patio o una biblioteca son espacios comunes pensados para el encuentro. Una aplicación optimizada para el tiempo de uso responde a un modelo de negocio. Internet nació como una herramienta extraordinaria para compartir conocimiento, y lo sigue siendo; el problema no es la red, sino que una parte creciente de la vida juvenil transcurra en entornos privados cuyas reglas nadie ha votado.

Por eso las respuestas más sólidas probablemente no pasen solo por prohibir, sino por recuperar. Recuperar tiempo y espacio para el juego sin supervisión constante, recuperar el valor de la conversación presencial y ofrecer una educación crítica que enseñe a entender cómo funcionan las plataformas, no solo a usarlas. Una generación que comprende los mecanismos que compiten por su atención está mejor preparada para decidir qué lugar quiere darles. La ansiedad no se cura con miedo a la tecnología, sino con más oportunidades de vivir fuera de ella.