Talento sin código postal
Pocas generaciones han dispuesto de medios tan poderosos para trabajar juntas sin compartir edificio. Las redes, las herramientas colaborativas y los sistemas de inteligencia artificial permiten coordinar proyectos entre continentes y distribuir tareas a cualquier hora. Sin embargo, cuando se debate dónde se trabaja, muchas organizaciones siguen razonando como si la distancia fuera el obstáculo que era hace veinte años.
Conviene no exagerar el diagnóstico. En España, el teletrabajo no ha retrocedido de forma general: según la Encuesta de Población Activa del INE, en 2025 alcanzó su proporción más alta de ocupados desde que existen registros. Pero ese promedio esconde una geografía desigual. La modalidad se concentra en Madrid y Cataluña, precisamente donde ya se agrupan las sedes, los salarios más altos y las oportunidades. Así, el trabajo a distancia, que podía haber servido para equilibrar el territorio, corre el riesgo de convertirse en un privilegio más de quienes ya viven cerca del centro.
La paradoja resulta llamativa en un país que cuenta con una de las redes de fibra óptica más extensas de Europa, también en el medio rural, según los informes de cobertura del Gobierno y de la Comisión Europea. La infraestructura existe; lo que falta, con frecuencia, es la voluntad de diseñar organizaciones capaces de aprovecharla. Cuando se afirma que escasea el talento, cabe preguntarse cuánto de esa escasez es real y cuánto procede de buscarlo siempre en los mismos lugares.
Nada de esto implica renunciar al encuentro. La confianza, el aprendizaje entre colegas y la deliberación franca se cultivan mejor cuando las personas comparten tiempo y espacio. La cuestión es para qué se convoca ese encuentro: una cosa es reunirse con un propósito y otra organizar toda la actividad en torno a la obligación de estar presente. Lo primero fortalece a los equipos; lo segundo convierte la ocupación de un puesto en indicador de compromiso.
Trabajar bien a distancia exige, además, un cambio cultural que ninguna herramienta resuelve por sí sola. Requiere documentar y compartir el conocimiento en lugar de confinarlo a los pasillos, evaluar por resultados y no por presencia, y formar responsables capaces de dirigir desde la confianza. Son prácticas que benefician a toda la organización, también a quienes acuden cada día a la oficina, porque convierten el saber de unos pocos en un bien común.
Está en juego algo más que la productividad. Que una persona pueda desarrollar su carrera sin abandonar su pueblo o su ciudad mediana es una cuestión de igualdad de oportunidades y de libertad para elegir dónde vivir. Internet se concibió como una herramienta para acercar el conocimiento y el trabajo a cualquier lugar; cumplir esa promesa depende menos de la tecnología que de nuestra disposición a cuestionar las propias inercias. Una transformación que deja intacto el mapa de las oportunidades es, en el fondo, una transformación a medias.